Wednesday, August 24, 2005

EL DIÁLOGO DE LOS LENGUAJES Y EL DISCURSO FILOSÓFICO

EL DIÁLOGO DE LOS LENGUAJES Y EL DISCURSO FILOSÓFICO

Usualmente, un artículo ensayístico está facturado con una introducción, un desarrollo y unas conclusiones. En el caso presente, a esta estructura de presentación, complejización y resolución, que suele emanar de las estructuras narrativas, se preferirá unir la introducción a la complejización, y comenzar por las conclusiones. De todas maneras, estas resoluciones (iniciales) no son tales, sino que más bien son aspectos intuidos y contextuales del tema. Esto permite establecer que siempre las conclusiones son un importante punto de partida.
Estas deducciones iniciales serán el marco de la reflexión específica posterior sobre el diálogo de los lenguajes y la relación con el discurso filosófico.

0. CONCLUSIONES INICIALES

En el marco de la disolución de las líneas divisorias (entre el significante y el significado, entre la denotación y connotación), el textualismo, gradualmente, se va convirtiendo a la discursividad. Asimismo, la lengua ha recedido (ha avanzado, en verdad) hacia el discurso, superándose la dicotomía artificial entre lengua y habla.
Más aún: Hay conciencia que es la escritura la que produce la significación y el hablar es entendido como una escritura oral. El lugar del lenguaje no es la palabra sino que el grafema. Consecuencialmente, el sujeto no manipula el lenguaje sino que es el lenguaje el que constituye al sujeto.
Finalmente, la función mimética del lenguaje ha sido clausurada por el accionar semiótico al revelarse allí el carácter utilitario del lenguaje, la imposibilidad de reducir el sistema del lenguaje a la pura función referencial o comunicativa. La oralidad tampoco puede reducirse a la referencialidad mimética o a la sola denotación.
Todo esto significa que los estudios teórico-literarios están a la vanguardia del conocimiento del lenguaje, pero que además que el habla cotidiana contiene los mismos mecanismos que la praxis literaria. Ergo, el sujeto no es capaz de posicionarse adecuadamente en el lenguaje.
Pero sobre todo, el cambio de la macro imagen discursiva también afecta decisivamente los fenómenos discursivos de detalle, como se verá a continuación.
Desde el punto de vista de los estudios literarios y más específicamente, desde la teoría literaria, en esta ocasión, viniendo de un campo de la semiótica y de la teoría del discurso, el objetivo es explorar un poco los campos contiguos a los tópicos uno trabaja, y contribuir a socavar las fronteras que separan estos compartimentos estancos. La idea central de esta discusión es la de provocar o presentar una propuesta a favor de la interfertilización de los lenguajes.
De partida, se considera aquí que la filosofía es un tipo de discurso y que el arte, la ciencia, el lenguaje cotidiano, el lenguaje político son diferentes tipos de discurso.
Se podría decir que son diferentes géneros discursivos y se dice esto con la idea de promover o afianzar la necesidad de preeminencia y el incremento del ejercicio filosófico en todos los niveles educativos, mediante la difusión o diseminación del pensamiento crítico.
Esto implica ir gradualmente incentivando un aceleramiento por parte de las personas de menor edad en su ingreso al universo de los signos, específicamente, y sobre todo, a lo grafemático, esto es, al lenguaje escrito. Y la filosofía, como la ciencia y como las visiones estéticas, o el discurso político, son diferentes géneros discursivos de la prosa escrita, diferentes fórmulas sígnicas de acceso y de expresión de lo humano.

1. LA REFLEXION EN UN TIEMPO EN CRISIS

Se puede definir, operacionalmente, en esta ocasión, como discurso, a todo enunciado en el cual haya un entrecruzamiento entre el tiempo, el espacio, los actantes y los eventos, de una forma específica. Desde ese punto de vista se argumentaría que la filosofía es también una forma particular de discurso.
Esta explicación, que aquí sólo se esboza, es un comentario que se hace en un tiempo en crisis. Hay que explicar, por lo menos someramente, lo que se debe entender por ello: un tiempo en crisis es un momento en el cual las ideas nuevas y las ideas viejas están en un punto de rechazo mutuo.
Y recordando una expresión de los tiempos en que estudiábamos filosofía con más fuerza que en estos días, se denominaría en crisis a este momento porque es una época que ha olvidado el ser. Pero nótese, el ser es el lenguaje. Lo que hemos olvidado es la relación que el lenguaje tiene con aquello que está fuera de él. Una época donde todos somos hermeneutas, una época en la cual el ente se refugia en el lenguaje, en que lo real se ha convertido en textualidad y una época donde hay la imposibilidad de construir una respuesta final.
Estos son los elementos que explicitan un momento de crisis, más que como una época de crisis. Así, un momento de crisis es un período en el cual se reconstituyen las preguntas y se renuevan las respuestas, en todos los ámbitos.
Lo que viene a continuación quiere confluir en torno a algunos puntos establecidos desde el campo de la semiótica y de la teoría de los discursos. Ideas de por qué debe haber una enseñanza de la filosofía en todos los niveles educativos, y acerca de la necesidad de incrementar (y no disminuir) el lenguaje teórico y crítico en las instituciones de enseñanza.
La filosofía, indudablemente, hace un aporte como lenguaje específico, y es imposible ignorar los textos del pasado filosófico. La filosofía tiene una manera específica de conformar lo real, no reproducirlo, no reflejarlo, sino de conformar lo real.
La filosofía ha logrado acumular una secuencia de preguntas extraordinariamente excitante, y parece que todavía, en el centro de la filosofía, late una actitud crítica e interrogante.

2. FILOSOFÍA DEL LENGUAJE Y TEORIA DE LOS DISCURSOS

Dicho esto, la comprensión que aquí se va a plantear, a continuación, es una concepción ligada a la filosofía del lenguaje, desarrollada en la Unión Soviética, entre 1925 y 1970, más o menos, fundamentalmente por un pensador no marxista muy aislado: Mijail Bajtin.
Se han tomado algunos de sus planteamientos centrales, para poder proyectarlos a la idea de que lo real es hablado a través de diversos discursos. Habría un empobrecimiento epistemológico enorme si la filosofía dejase de ocupar un puesto importante, como un discurso más, que ilumina a los otros discursos, y que a su vez es iluminado por otros tipos de discursos.
El planteamiento inicial es que el mundo es hablado en varias lenguas, y ninguno de nosotros, que esté en diferentes especialidades, tiene todavía la capacidad de argumentar por la absolutización de un lenguaje por sobre los otros. Esto es, el lenguaje filosófico no es un lenguaje superior al lenguaje artístico; el lenguaje artístico, no es un lenguaje superior al lenguaje científico; el lenguaje científico, no es un lenguaje superior al lenguaje religioso. Lo que tenemos en cambio, es un gran proceso de interiluminación de los lenguajes entre sí.
Ninguna palabra puede ser explicada sin la necesaria presencia de otra palabra, ningún código puede ser develado a partir de la ausencia de otros códigos, sino que con la presencia de otros códigos, y en este caso, los discursos o las grandes visiones de mundo que se expresan discursivamente, son develadas y reveladas desde fuera de ellas mismas, aunque también desde su interior, por supuesto.
La realidad se conforma a partir de una constante interacción de significados y los significados no yacen en un solo tipo de discurso. Nadie puede relativizar un terreno ajeno, sino que toma conciencia de su propio terreno; porque el terreno en el cual uno trabaja, y en el que trabajamos todos, es el terreno de las significaciones y cualquier filósofo compartiría conmigo la preocupación por los sentidos.
Todo discurso es parte de un todo mayor y estos discursos se interrelacionan, se iluminan y dialogan entre sí. El discurso científico podrá iluminar aspectos del discurso religioso y del lado del discurso literario o artístico estético se evidenciarán también aspectos que pueden ser puntos ciegos en el discurso filosófico.
La interrelación de los lenguajes lleva a una concepción dialógica de la verdad. Esta concepción dialógica de la verdad, que es un planteamiento semiótico, implica que no hay ningún lenguaje que pueda hegemonizar por completo lo real, y dar la versión final, única y estable de lo real o de su conformación mediante los signos, sino que una verdad relativa emerge de las diferentes interrelaciones y los contactos parciales, a veces fugaces, de los diversos discursos entre sí.
Nuestro mundo, el mundo del ser humano, es un mundo heteroglósico, un mundo hecho de diversos lenguajes y el gesto absolutizador moderno de plantear el predominio de un lenguaje sobre otros ya ha sido descontruído, ya ha sido desmantelado en sus esencialismos. Un lenguaje nunca se entiende por completo a sí mismo, sino que requiere de lo extralingüístico, de lo extradiscursivo, de lo que está fuera de su propio discurso, y lo que está fuera de su propio discurso, en primera instancia, son los otros discursos.
Los diferentes lenguajes se entienden y pugnan en el mundo, luchan por el real, y compiten por la construcción del sentido del mundo y toda ésta competencia favorablemente logra un incremento de la discursividad humana.
Sin embargo, antes que nada, hay que considerar la relativización, que es el núcleo funcional de cada uno de estos lenguajes. Estos discursos o lenguajes incluso aparecen en cada enunciación. En cada enunciación de cada uno de nosotros hay una articulación de diferentes tipos de discurso, no hay un sólo tipo de discurso que se dé puramente en una sola enunciación.
El lenguaje no está nunca en estado puro. Sabemos que una de las más importantes tendencias de la filosofía actual es aquella que logra descubrir los momentos de aporía dentro de los discursos filosóficos, esos momentos en que la argumentación decae en su energía conceptual y e n que el pensador tiene que recurrir, o acude, sin darse cuenta, a una metáfora. Una metáfora no es parte del lenguaje filosófico en sentido estricto, es parte más bien del lenguaje artístico.

3. CANONIZACION Y MONOFONIA

Los lenguajes nunca están en estado puro en nadie, se dan en los textos y en las conciencias, en estado de hibridación, lo cual significa que dos o más tipos de discursos se yuxtaponen en la conciencia humana y se encuentran en las enunciaciones, que son la patentización de la conciencia humana.
Y la filosofía requiere ser iluminada por otros lenguajes, requiere ser vista desde las habitaciones contiguas. Es muy provechoso lo que la filosofía puede decir y ha dicho, en efecto, sobre la visión estética, sobre la visión política, sobre la visión religiosa.
El mundo no es cubierto por completo por ningún tipo de discurso particular. La ilusión de la monoglosia, esto es, la creencia que el discurso propio es el único discurso coherente, ha sido desmontada por los propios desarrollos filosóficos y por el motor crítico de la filosofía de todos los tiempos.
Y desde ese punto de vista, la pluralidad de los lenguajes contribuye a la descanonización de los lenguajes mismos. La canonización es la fosilización de las reglas discursivas, es decir, la canonización es la cristalización de esquemas que quedan, que se convierten en estáticos y que no permiten un desarrollo posterior de los discursos. La canonización es el ejercicio y el producto de las fuerzas centralizadoras que están dentro de cada discurso.
En todo tipo de discurso hay fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas. Las fuerzas centrífugas tienden a diseminar los significados hacia el exterior, las fuerzas centrípetas llevan a esqueletizar y a fosilizar los sentidos en una armazón dura, homogeneizándolos. Esto es parte de la modalidad de existencia de los discursos filosóficos, de los discursos científicos, de los discursos estéticos.
La canonización puede prevenirse, complementarse y criticarse a partir de las interiluminaciones que los otros lenguajes pueden dar sobre el lenguaje propio. La absolutización que está implicada siempre, sin embargo, en la canonización es el intento de poner una verdad única, autoexplicativa, la cual será siempre refrenada por los otros discursos.
Así, concebimos lo real como una conversación constante de los diferentes discursos entre sí, un diálogo de los diferentes lenguajes entre ellos. Y la filosofía no es monoglosia, no es un lenguaje único, como tampoco lo es la ciencia ni el arte. El mundo es políglota, porque la realidad es polisémica.
El mundo es políglota y esto significa que no se puede explicar todo por completo a través de un solo lenguaje. Es cierto que vivimos en una época en la cual hemos recedido de lo óntico al logos. Aún no entendemos por completo las consecuencias de este receder el cual es también es un avanzar.
Sin embargo, lo que se viene diciendo va en la línea, en la perspectiva, de pensar que todo lo que acontece es sólo intertextualidad, es decir, que todo lo que están diciendo los diversos discursos: religiosos, políticos, filosóficos, científicos, cotidianos, etc., no es más que una referencia a otros discursos previos dentro del mismo género, una referencia a los géneros contiguos.
En efecto, no hay un discurso que no haga referencia a uno anterior. Por eso todas las presentaciones, como ésta, lo que hacen, es que se forjan en textos previamente organizados, como los de Bajtin, por ejemplo.
Así, si se retoma la idea de que los discursos son siempre una forma de arquitecturización del tiempo, el espacio, los actantes, es decir, los agentes activos y los eventos que provocan, entonces, se debe reconocer que todo tipo de discurso conceptualiza, articula, de diferente manera, estos elementos.
Y esto lleva a la idea de que los dialectos no pueden forjarse o autoforjarse como lenguas francas, porque los dialectos específicos no pueden autocanonizarse sin más, no pueden autodefinirse como discursos centrales. Más bien hay que comenzar a comprender que la realización de un discurso es su disolución en otros tipos de discurso.
La victoria discursiva no consiste en otra cosa que la expansión a un campo lateral, y esa es una fórmula de crecimiento, pero también de perdida del limite alguna vez prefijado. La victoria es realzar a los otros discursos con los cuales se dialoga y que hacen visible al propio discurso.
Solo una vez que tengamos conciencia de que lo real se estructura a partir de la interrelación de los lenguajes podremos hacer una historia de la conciencia, en la cual el lenguaje filosófico tiene un gran interés y un gran aporte que realizar. Una historia de la conciencia que no ha sido nunca antes escrita.

4. INTRADISCURSIVIDAD Y EXTRATEXTUALIDAD

Otra cosa que caracteriza a todos estos discursos y que son parte de la arena en conflicto que es el mundo de lo humano, es el hecho de que un discurso no puede ser definido solamente por lo intratextual, es decir, por lo que incluye o cubre, también denominado lo intrafórico, sino que un discurso también se define por aquello que no logra cubrir por completo, por aquello que queda fuera, por aquello que es lo extrafórico.
El lenguaje absolutizador, ya sea científico, filosófico, religioso, estético o político es un mito que descomponer una y otra vez porque no hay otra manera de lograr la producción de la significación si no es utilizando palabras que provienen de otro tipo de discurso.
Lo que está fuera del discurso define lo que está dentro y viceversa, y cuando los discursos intentan imponer su propia monofonía, cuando intentan exportar exclusivamente su canon, cuando los discursos se absolutizan y fosilizan, es porque se ha olvidado el valor de lo infinalizable.
Hay que volver a rescatar el enorme sentido que tienen las estructuras abiertas y el valor de la ambigüedad y el valor del silencio. El silencio, el no hablar, es un acto tremendamente humano.
Esta visión de lo real aquí desenvuelta a partir del juego de los lenguajes entre sí es una visión de intensa semiósis, en la sociedad humana, espacio en el cual hay un constante intercambio de signos.
Este intercambio permanente de signos es algo de lo cual ningún tipo de discurso puede escapar. Y la conciencia llega a ser tal, o la estructuración de la psiquis humana llega a ser tal, a partir de la circulación de estos discursos en ella misma. Ahí todos los significados están condicionados por todos los otros significantes.
La filosofía no es el único tipo de discurso autorreflexivo, evidentemente. La literatura, la teoría literaria, la comunicología, también lo son. No hay sólo un tipo de discurso que se haga la pregunta sobre el ser de las cosas o sobre el sentido de lo real; lo hacen las obras de teatro, los poemas, los textos científicos, los relatos de chamanes y sacerdotes, los discursos políticos.
En consecuencia nada está acabado, no hay nunca una palabra que pueda ser la última, no hay una metodología definitiva y no hay un discurso que pueda explicar a todos los demás.
Sólo el eterno juego de los significantes entre sí, es el único espacio en el cual se puede obtener una certeza fugaz, que permitirá, una vez canonizada, la emergencia de otra nueva certidumbre temporal. Los sentidos no son más que respuestas a las preguntas, y las preguntas emergen a través de enunciados donde se ligan y se yuxtaponen diferentes tipos de discurso, no sólo diversos tipos de discursos sino también una de multiplicidad de códigos.

5. EL LENGUAJE COMO FUNDAMENTO DEL SER HUMANO

El ser humano, y su lenguaje, no puede verse a sí mismo de manera completa sino es a través de otros lenguajes. Y el dato primario en el lenguaje es el texto o discurso. Hablamos con discursos, actuamos discursos, construimos discursos, percibimos discursos.
El discurso o texto sigue siendo, como organización de señales, el dato primario. El discurso sigue siendo la realidad inmediata y los discursos están hechos de textos. Y lo que hacemos, creo, todos y cada uno desde su perspectiva, es teorizar acerca del lenguaje que percibe un sector de lo real.
Enseñar filosofía, como enseñar ciencia, o enseñar arte no es otra cosa que enseñar a transitar al universo de los signos. Porque la filosofía, la ciencia, la religión, el lenguaje cotidiano, el lenguaje político, no son otra cosa que ramales, o mejor dicho rizomas de los diferentes núcleos discursivos que habitamos.
La filosofía contribuye al ingreso del sujeto, esto es, al ingreso del sistema neurológico del sujeto al universo de los signos de una manera más específica.
Esencial en el funcionamiento de los discursos es el proceso interno de transformación. No hay discurso ni hay texto en el cual no se contenga un proceso de transformación. No hay texto que no tenga una estructura diegética en la cual no haya una situación inicial, y esa situación inicial varíe a una situación final. Lo central sigue siendo, en todo tipo de discurso, el modelo diegético, en el cual la transformación ocupa el eje central de significación.
Desde la óptica translingüística aquí presentada, no se puede sino intentar legitimar el terreno de la literatura, el de la teoría literaria, y el de la semiótica, donde también se intenta generar un camino propio, un discurso específico, distinto del propio discurso de la filosofía.
Una última palabra que tiene que ver con el concepto de texto que ha reemplazado en los estudios de la teoría de los discursos a la idea de obra. La obra era un conjunto cerrado con un significado estable. Corresponde a la conceptuación moderna pasada, de orientación filosófica y estética. El texto, en cambio, entendido como discurso, es una estructura incerrable, infinalizable, una estructura abierta por definición. Un discurso está lleno de intersticios, de ambigüedades, de quiebres, de momentos de irresolución, que son característicos del lenguaje. Lo que define al lenguaje es la imposibilidad de concebirlo como un conjunto discreto, liso, estable, continuo.
El lenguaje es un discontinuo y los puntos donde se genera la significación son justa mente aquellos espacios que los signos dejan entre sí, más que los espacios cubiertos por los signos. Desde esta perspectiva, entender un lenguaje es el descubrimiento del punto en el cual el lenguaje falla.
El lenguaje comunica su propia imposibilidad de comunicación, y eso es lo que se entiende por aporía en este campo, que es aquel punto en el cual el lenguaje se contradice a sí mismo. Es en el discurso donde se intersectan los códigos de muy diversa proveniencia y el lugar en el cual decae por completo, inadvertidamente para el enunciante, estrategia discursiva que se estaba desarrollando.
Esto suele acontecer en la periferia de los textos, no en el centro mismo de el los. El discurso filosófico está muy bien preparado como para poder desarrollar, junto con la teoría de los discursos, una buena aproximación a las aporías discursivas, con esta capacidad crítica que se sigue reconociendo como el motor central de la reflexión filosófica.

6. DISCURSO FILOSOFICO Y CIENCIA

El pensamiento científico se separó del pensamiento filosófico hace unos tres siglos atrás, en el siglo XVIII. Cuando eso aconteció, entonces, lo que alguien llamaría la crítica, que es como un lenguaje más bien activo, permaneció con la filosofía, con el discurso filosófico más que con el discurso científico, el cual en cambio se apropió de las capacidades descriptivas o denotativas. De este fraccionamiento de los lenguajes entre sí y de la continua lucha por bifurcarse o pluralizarse cada vez más, más que de su naturaleza es rizomática, emerge una situación enrevesada donde los límites son difusos.
Lo único que permite el acercamiento, la comprensión de las diversas ramas del lenguaje, porque se trata de ramas lingüísticas de un único lenguaje humano, es la capacidad para que estos lenguajes no pierdan su habilidad para el diálogo. Se trata de la disposición, por ejemplo, para poder utilizar una palabra de un vocabulario muy alejado y traerla a un conjunto léxico diferente y mostrar allí que de esa aproximación de semantemas tan distantes entre sí emerge una iluminación de sentido.
Una palabra final sobre la docencia, para concluir. El profesor tiene todas las posibilidades discursivas, como detentador del poder en la clase, puesto que el lenguaje puede, como instrumento del poder, jugar la estrategia que se quiera. Puede, entonces, organizar la metodología que estime conveniente para obtener los resultados que quiera buscar. Así son las clases, donde todos se forman. Un arte técnico de tipo oral, donde no está el discurso escriturado.
No hay un lugar donde sean los estudiantes los que tengan el poder en una clase. El poder está con aquel que tiene el discurso y el conocimiento. El poder está con el que se sienta a un lado definido del pupitre. En consecuencia, desde allí se puede generar una desconstrucción del poder o una legitimación del poder. También se puede realizar un simulacro de la descontrucción del poder, como es obvio, pero el poder lo sigue teniendo el profesor hegemonizador, siempre. Todo lo que se diga al respecto no son más que argumentos de profesores.
La habilidad de uno, como profesor, reside en que uno logra llevar a la audiencia a un lugar en el cual el destinatario no había estado antes. No importa si para eso utiliza un computador o pedazo de tiza, o su experiencia personal o la historia de la humanidad. La capacidad del profesor está en transportar a un público a un espacio que la audiencia no ha conocido previamente, mostrarle un terreno ignoto a través de un sendero poco hollado, como alguien diría, y el profesor tiene todas las posibilidades porque tiene todo el poder.
El profesor no comparte el poder. No se ha sabido nunca de nadie que comparta el poder. Así es que todo es cuestión de crear las estrategias para un propósito definido. Y esto significa crear las condiciones productivas para un diálogo de lenguajes.
Tal vez en virtud del planteamiento sobre lo dialógico del lenguaje podríamos permitir que nuestros lenguajes dialogaran o que nuestros lenguajes nos hablaran en esta ocasión, sin olvidar que el silencio contiene todas las preguntas.

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