Wednesday, August 24, 2005

DENOTACIÓN Y CONNOTACIÓN EN EL ESPACIO DE LA ESCRITURA Y LA TEORÍA DEL DISCURSO

DENOTACIÓN Y CONNOTACIÓN EN EL ESPACIO
DE LA ESCRITURA Y LA TEORÍA DEL DISCURSO

En el tratamiento teórico usual, la denotación es definida por su literalidad mientras que la connotación consiste en el valor simbólico. Esta oposición, que se funda en la disyuntiva entre sintagmática y paradigmática, puede ser, primero, profundizada, explorando su sentido, y segundo, criticada en base a los desarrollos posteriores de la teoría del discurso.

1. ANTECEDENTES

En efecto, podría llegar a hablarse del fin de una época denotativa y del re-inicio de una época connotativa, como ya ha sido sugerido (Lyotard, 1984). Todo el tema de la significación en el lenguaje está cruzado por el eje denotación/connotación. Más aún, las relaciones entre el signo y el referente, entre la palabra y la cosa han sido comprendidas a partir de una caracterización de la denotación y la connotación.

En consecuencia, dentro de los problemas epistemológicos de principio que tendría que abordar una teoría ontológica del discurso, estaría la polaridad entre la descripción léxica y la polisemia metafórica.

2. SINTESIS INICIAL

La aproximación estructuralista intentó resolver la oposición entre denotación y connotación, primero, mediante una barra divisoria entre ambos órdenes, y segundo, separando el significado del significante. La crítica realizada a la teoría del signo (Kristeva, 1977, Derrida, 1977), han permitido ver la reducción del lenguaje a la referencialidad y al mimetismo.

Han surgido, en consecuencia, énfasis en los procesos de semiosis (más que en los de significación) y en la participación de los códigos (más que en la intervención del contexto), en la comprensión de los discursos. Así, por lo menos en lo teórico, parece verse fortalecido el gran meta-relato estético en contraposición a la crítica cultural que ha recibido el gran meta-relato científico.

La contraposición entre denotación y connotación arrojará también alguna luz, por un lado, sobre las etapas de la historia humana, y asimismo, por otro lado, permitirá la emergencia cognitiva del modelo bicameral de la mente humana.

Ya tradicionalmente, el lenguaje literario ha sido definido como connotativo, por ser portador de un gran número de connotadores simbólicos. Cabe preguntarse, entonces, si la pretendida difuminación, en la teoría de los discursos, de los límites entre denotación y connotación, entre significante y significado, y entre sintagma y paradigma, alterará esta concepción del discurso literario (Barthes, 1970). Eso, evidentemente, redundará, además, en una nueva concepción del discurso referencial.

3. ESTADO PREVIO DE LA CUESTION

Si se considera que la denotación posee un significado léxico se le atribuirá, inmediatamente, un sentido metafórico a la connotación. Esto es, las significaciones en este último caso serán más libres, más flexibles y más arbitrarias. Muchos autores entienden por denotación una simple descripción lingüística, versus un amplio espectro de asociaciones, en el caso de la connotación.

Si estamos hablando de la oposición entre denotación y connotación, podemos hacerlo porque los estructuralistas y funcionalistas establecieron el terreno para esta reflexión. En efecto, hay que considerar como un avance la puesta en la escena teórica de esta oposición binaria tan característica de los años 70 (Jofré, 1990).

Hay proyecciones importantes que derivan de la definición de estas dos nociones en la sociología de la literatura, en la lingüística del texto, en los estudios culturales o en la teoría de la recepción del texto literario. Si se entiende que la denotación posee un significado cristalizado, fosilizado, como el incluido en los diccionarios, se verá a la connotación como teniendo, en cambio, un significado más socializado, más ligado a los códigos, y a la subconciencia del hablante. De esta manera, se llega fácilmente a la conclusión de que la denotación es más informativa mientras que la connotación es más valorativa.

Parecería que el regente de la denotación es el significante, mientras que el factor determinante en la connotación es el significado. Asimismo, se podría pensar inmediatamente que la denotación implica un anclaje definitivo en una cierta acepción, fijando un término, mientras que la connotación es más errática, es decir, sería una relación entre significados más que una relación mediante la participación de un significante.

En la famosa oposición de Todorov, de los años 60, entre historia y discurso como componentes del texto literario, la denotación se situaría en el terreno del discurso (el cómo se dice), mientras que la connotación se localizaría en la dimensión temática de la historia, es decir, de lo que se cuenta (Todorov, 1968).

4. PRIMERAS CONCLUSIONES HISTORICAS

Todas estas oposiciones así expuestas han tenido un valor importante en cuanto a descifrar algunos de los dispositivos centrales del lenguaje, al situar a la denotación dentro de los mecanismos retóricos del lenguaje y la cultura. La connotación estaría más bien enraizada en los más difusos procedimientos de las estructuras ocultas de lo ideológico (Barthes, 1970).

Así, la supuestamente monosémica denotación emergería como inmanentemente vuelta hacia el interior del lenguaje, mientras que la polisémica connotación sería un mecanismo de obra abierta, trascendente hacia la sociedad.

Es interesante ver al lenguaje tensionado por una multiplicidad de fuerzas que lo respalda. Fuerzas polarizadas que convocan la palabra en distintas dimensiones. La denotación pareciera mantener al lenguaje constreñido y focalizado, marcado, diría Bakhtin, por las fuerzas centrípetas, que contribuyen a la centralización y a la jerarquización (Bakhtin, 1981). La connotación, por otro lado, parecería tener un rol desconstructivo y revolucionario. Primarían en la connotación las fuerzas centrífugas, la entropía, es decir, aquellos factores que diseminan sentidos más que unificarlos.

En definitiva, podría considerarse adecuado que la denotación y la connotación son dos modos de significar. El error está en considerar que la denotación es referencial, esto es, que la denotación acontece como un mecanismo que requiere o implica siempre un objeto extradiscursivo, un referente, que lo respalde. La referencialidad es un proceso diferente a la denotación y a la connotación.

La denotación no requiere de referencialidad, funciona como tal sin ella. Actualmente, el lenguaje no puede ser reducido a la referencialidad, debido a que el lenguaje, como conjunto de signos autosuficientes (como sistema) no necesita de elementos extralingüísticos para su manifestación como tal.

Que la denotación sea literal significa que se basa en un estrato material y físico, que no es el objeto referencial, sino que el significante. La connotación es más abstracta, no está pegada al significante. El eje de la denotación y la connotación no puede basarse en la arbitrariedad.

Si la connotación funciona como mecanismo metafórico, lo hace porque la metáfora es entendida como el reemplazo de un signo por otro (Jakobson, 1967), donde desaparecen los significantes mediante la presencia de nuevos significados. Históricamente, la evolución de los signos es parte de un proceso en el cual un signo va acumulando significaciones en las coordenadas del tiempo y el espacio, es decir, un signo puede capturar significados ligados a los significantes de otros signos, atrayéndolos y utilizándolos (Jameson, 1991).

Estas significaciones metafóricas, al ser usadas por la comunidad, se transforman, con el paso del tiempo, en denotación. Es decir, el origen de la denotación está en la connotación. El aspecto renovador, dinamizador del lenguaje, estaría situado en la órbita de la connotación. En cambio, la denotación sería un “cementerio léxico”, el del diccionario, donde no están las palabras vivas sino las significaciones del pasado de las palabras.

Las palabras de índole temática, como los verbos, los adjetivos, los sustantivos, pueden tener un significado connotativo porque también tienen un significado denotativo. Lo connotativo enriquece el lenguaje, ya que a las denotaciones ya consabidas se agregan connotaciones vitales. Puede suceder que un significante llege a tener demasiadas significaciones y libere algunas de ellas porque ya no pueda articularlas; en ese momento pasarán a ser connotadas por el lenguaje y podrán ligarse a otros signos (Jofré, 1995).

5. LA FALACIA REFERENCIAL

A lo largo de la historia humana, en diversos momentos culturales, se ha tendido a reducir el funcionamiento y la capacidad creativa del lenguaje a su mínimo, constriñéndolo a una habilidad secundaria, de índole mimética, consistente en pensarlo como apto solamente para reflejar su entorno. Esto, que podría también denominarse falacia mimética o contextualista, suele ser parte de los meta-relatos realistas, con tendencia documental, como el Renacimiento o el marxismo.

En estas circunstancias, se le da gran relevancia a la denotación, constituyéndola como mecanismo fundamental de la gestión humana, y olvidando, en consecuencia, el poder reproductor o multicreador de la connotación, la cual, por supuesto, es también reducida. Es así como el lenguaje llega a ser solo un espejo, un instrumento de transmisión de información, una mera sombra de lo real.

Estas distorsiones y reduccionismos explican la relación entre denotación y connotación mediante la oposición entre lo objetivo y lo subjetivo. La denotación ejemplificaría la función nominativa por excelencia, la referencialidad, con carácter objetivo, puesto que estaría captando el mundo real, mientras que la connotación sería pura subjetividad, dado que no estaría apuntando al ontos existente sino que hacia el interior del lenguaje.

La valoración ideológica que se realiza acerca de hacia dónde se torna el sistema simbólico, el lenguaje, esto es, hacia dentro o hacia fuera, marcará las concepciones tanto del discurso como de la teoría del discurso, diferenciando concepciones lingüísticas o no lingüísticas del lenguaje.

Aunque todo lenguaje contiene tanto la denotación como la connotación, si se compara el sistema lingüístico con el sistema literario, puede decirse que el conjunto de todas las denotaciones conforma el sistema lingüístico, mientras que el conjunto de las connotaciones forma el sistema literario (Barthes, 1970).

Esto habría que leerlo como que el lenguaje cotidiano, el de la oralidad, está frenado por la preponderancia de la denotación, y se manifiesta, en consecuencia, de manera más pobre y limitada (dado que las connotaciones obstaculizarían la comunicación), mientras que en el sistema literario, además de la existencia de lo denotativo, se superpone un segundo sistema, el connotativo, constituyendo así un sistema doble, más rico, más complejo y más modelante (Jofré, 1995).

La pura denotación podría ser entendida como pobreza comunicativa o precisión informativa. Y la connotación, por su lado, podría ser vista como riqueza o ampliación comunicativa. Lo importante es que el lenguaje no puede ser reducido a lo mimético, y en consecuencia, los fenómenos comunicativos no pueden ser juzgados sólo desde el punto de vista de la referencialidad. El lenguaje, como sistema de signos central, puede ser analizado a partir del grado de connotación que se sume a la denotación.

6. SINTAGMA Y PARADIGMA

La denotación se realiza a partir de los diferentes elementos “in praesentia” que se encuentran en la cadena sintagmática del habla; la ambigüedad y polivalencia de la connotación acontece a partir de mecanismos paradigmáticos donde el signo presente se conecta con otros signos a los cuales atrae, por una diversidad de razones (Jofré, 1987). Tanto la grandeza como la limitación de la descripción está en lo escueto de su información.

La connotación aparece como más rica porque siempre tiene más de una significación. Es difícil predecir las connotaciones, las conexiones mentales y lingüísticas de los sujetos. La connotación implica significaciones diferentes, aunque no necesariamente subjetivas. La denotación, en cambio, implica un acuerdo, una estabilización, un consenso.

En la presente valorización del lenguaje, donde la polisemia, la ambigüedad de los signos y su capacidad para la diferencia son bien consideradas por las concepciones en la frontera de los conocimientos, la connotación es muy apreciada. La connotación es un acto social y la denotación no es referencialidad. La relación entre significado y significante, en el interior del signo lingüístico, es que no andan indisolublemente ligados entre sí, sino que hay una recíproca independencia.

En el habla se unen el significado y el significante, pero son dos órdenes distintos en la lengua. El Diccionario no es un inventario de significados, sino de significantes (se ofrecen unos a cambio de otros). Es distorsionador creer que en el lenguaje están unidos permanentemente significante y significado. Lo que el Diccionario presenta son significantes del pasado, palabras ya socializadas.

En la concepción semiótico-lingüística del signo existe una concepción dual, heredera aristotélica de la oposición entre forma y contenido. Cabe considerar por un momento una concepción monista del signo, unaria, en la cual hay un puro significante/significado. Hay que superar la concepción estoica, dualista, del signo, concibiendo tal vez un núcleo material significante que atrae, para articularse con ellas, formas de energía significada.

7. CASI CONCLUSIONES

Ya no es posible pensar que la denotación sea la idea principal y la connotación la idea accesoria. Es difícil establecer en general y en los casos concretos donde termina la denotación y donde empieza la connotación. Ambos polos existen, sin embargo. La denotación es sin duda más indicativa que la connotación, que es más evocativa.

Los fenómenos de la denotación y la connotación deben ser diferenciados, pero, al mismo tiempo, deben ser concebidos como partes de un mismo proceso.

El racionalismo, el ánimo descriptivo y la fe en el progreso que caracterizaron al proyecto de la modernidad se basaban en un lenguaje altamente denotativo; la época que comienza por tener en su centro el laberinto infinito de los sistemas simbólicos (donde no hay centro sino solo red) incentiva las connotaciones que cuestionan la denotatividad moderna.

Disentimos de quienes piensen que la connotación no es analizable, mientras que sí lo sería la denotación. No creemos que sólo la denotación sea objeto de la lingüística, mientras que la connotación podría no serlo. No se puede concluir que la denotación sea siempre fija mientras que connotación sea siempre variable.

En la denotación, la extensión del concepto parecería ser decisiva. En la connotación, lo esencial es la decodificación. Tanto la denotación como la connotación son culturales y en ambas hay emotividad.

El lenguaje natural es altamente denotativo mientras que la literatura es altamente connotativa. La relación de la denotación con la connotación y sus ámbitos de desarrollo es algo típico del ser humano, creador de signos. No podría ser de otra manera. El hemisferio izquierdo, secuencial, racional y lógico, denotativo, en una palabra, cede paso al hemisferio derecho, intuitivo, globalizador, simultáneo, cuyo lenguaje es connotativo (McLuhan, 1990).

Hay, pues, discurso para el cambio. Y hay un cambio en el discurso. La gran época moderna denotativa y cuantitativa se basó en la ciencia y lo mecánico. La fase connotativa, estética, sinérgica que se inicia, corresponde a un predominio de los procesos y productos mentales, donde la sola interacción cotidiana con el medio ambiente proporciona cada vez más conocimiento, haciendo la vida humana más rica, más connotativa, sin que esto signifique dejar de lado la acumulación denotativa realizada (Lotman, 1999).

Bibliografía

Bakhtin, M. M. (1981). The Dialogic Imagination. Austin: University of Texas Press.

Barthes, R. (1970). “Elementos de semiología”. En La semiología. Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo (originalmente publicado en 1964).

Derrida, J. (1977). Posiciones. Barcelona: Pretextos (originalmente publicado en 1972).

Jakobson, R. y M. Halle. (1967). Fundamentos del lenguaje. Madrid: Ciencia nueva (originalmente publicado en 1959).

Jameson, F. (1991). Postmodernism or The Cultural Logic of Late capitalism. Durham: Duke University Press.

Jofré, M. Y M. Blanco. (1987). Para leer al lector: Una antología de teoría literaria post-estructuralista. Santiago: Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

Jofré, M. (1990). Teoría literaria y semiótica. Santiago: Universitaria.

Jofré, M. (1995) Tentando vías: Semiótica, estudios culturales y teoría de la literatura. Santiago: Universidad Blas Cañas y Universidad Andina Simón Bolívar.

Kristeva, J. (1977). “Semiología y gramatología”. En Posiciones. Barcelona: Pretextos (originalmente publicado en 1968).

Lotman, Y. M. (1999). Cultura y explosión. Barcelona: Gedisa.

Lyotard, J. F. (1984). The Postmodern Condition: A Report on Knowledge. Minnesota: University of Minnesota Press (originalmente publicado en 1979).

McLuhan, M. y B. R. Powers (1990). La aldea global. Barcelona: Gedisa (originalmente publicado en 1989).

Todorov, T. (1968). Poétique. París: Seuil.

1 Comments:

Blogger Gladys Pinacca said...

Excelente trabajo Manuel, mi nombre es Gladys.Mi blog http://gladyspinacca.blogspot.com
Soy Terapeuta del lenguaje.
Te pido autorización para poner en enlaces tu sitio.
Un abrazo - de Mendocina -,gracias.

6:58 AM  

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